A poca distancia de la Ciudad de México se ubica este municipio y cabecera del mismo nombre. En la actualidad, ostenta además el rango de Pueblo Mágico, en gran medida por conservar su mayor tesoro todavía en pie: El exconvento de San Francisco Javier, hoy sede del Museo Nacional del Virreinato, magnífica joya del patrimonio arquitectónico del Estado de México. Ya desde la llegada, impone la magnificencia de su torre campanario a lo lejos, así como la fachada, uno de los mejores referentes del Barroco mexicano, estilo artístico predominante en dicho espacio.
El recinto fue fundado en 1586 con el propósito de instruir y formar a los jóvenes novicios que ingresaban a la Compañía de Jesús. Tras la expulsión de los jesuitas por órdenes del rey Carlos III, el inmueble quedó abandonado hasta que en 1774 fue cedido al clero secular para fundar el Colegio de Instrucción, Retiro Voluntario y Corrección. En 1885 los jesuitas volvieron a ocupar el lugar, pero durante la Revolución, en el año de 1914, de nuevo fueron expulsados. Es hasta 1933 que el recinto fue nacionalizado y clasificado como monumento histórico. En 1964 fue restaurado e inaugurado como Museo Nacional del Virreinato, con el objeto de albergar, conservar y difundir los bienes históricos y culturales de dicho periodo. (Sistema de Información Cultural)

Hoy en día, gracias a los diversos esfuerzos en el inmueble puestos, es posible realizar un viaje en el tiempo para conocer parte de la vida cotidiana durante este periodo de la historia en México. Dentro de sus mejores espacios se encuentra propiamente su antigua iglesia, hoy habilitada como una de las salas, pero que conservó sus retablos y capillas, por lo que pueden ser admiradas en el esplendor mismo que tuvieron desde su concepción original, constituyéndose en un referente de la arquitectura mexicana.
Igualmente, se pueden conocer parte de los aspectos de la vida social en la época, y si bien, la mayor parte de la colección gira en torno a temas sacros, es posible apreciar otros elementos como la maqueta que ilustra una plaza real durante la época, lo mismo que objetos cotidianos, todo ello variando a lo largo del año, de acuerdo con sus exposiciones temporales y permanentes, puesto que el acervo del museo es amplio. Bien merecen la pena conocerse también sus jardines, con la fuente original del «Salto del agua», y la cocina, con diversos utensilios para la elaboración de alimentos.
De estilo neoclásico, y muchas veces ignorada por la majestuosidad del Templo de San Francisco Xavier, la Parroquia de San Pedro Apóstol es otro recinto digno de conocerse en el Pueblo Mágico de Tepotzotlán. Quizá muchos lo ignoran porque mayormente permanece cerrado durante el día, a pesar de encontrarse junto al también Museo Nacional del Virreinato, y de que su acceso sea por el mismo lugar que para ingresar al antiguo Colegio jesuita.
Al parecer fue una posible ermita edificada por los franciscanos, mucho antes de la llegada de los jesuitas a Tepotzotlán (aunque también no es algo totalmente seguro). Para los locales, este lugar guarda el tesoro más importante de la población, que es el Señor del Nicho, un crucifijo que se venera en el recinto, y cuyos festejos se realizan durante el mes de septiembre, y del cual se encuentra una replica de tamaño superior al natural, expuesta en una explanada frente al templo. Dignos de ver, sin embargo, son no solamente la capilla de este Cristo, anexa a la Parroquia, sino también su altar principal, con un magnífico ciprés.

Este templo sirvió primeramente como una especie de parroquia de indios(nombre común dado a la población indígena), mientras que el templo de San Francisco Xavier era para la población española y criolla. Al cerrarse el colegio jesuita, la edificación pasa a ser el templo principal de Tepotzotlán. En el siglo XIX se interviene para adaptarlo al estilo neoclásico, aspecto que actualmente presenta. De esta época proviene una de sus particularidades: los tres púlpitos de su altar mayor.
Usualmente los templos antiguos solo tenían una de estas estructuras. En caso de existir dos de ellos uno se destinaba a la epístola y el otro al evangelio, la razón de la existencia de un tercer púlpito en Tepotzotlán aún desconcierta, tal vez la única explicación lógica de momento sea que uno de los altares laterales cuenta con su propio púlpito, lo cual no deja de ser algo particular prácticamente en el mundo.
Ya sea en sus dos ferias (la de junio en honor a San Pedro, o la de septiembre, en honor al Señor del Nicho), en diciembre, con su famosa pastorela, o bien, en cualquier época del año, nunca deja de ser una experiencia grata y sobre todo diferente el visitar el Pueblo Mágico de Tepotzotlán, joya del virreinato de la Nueva España, testimonio visual del patrimonio del Estado de México y baluarte de tradiciones y costumbres a pesar de la acechanza de la urbanización que ha contagiado a otros municipios cercanos a él.



















































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