La tradición de peregrinar a lugares santos viene desde los orígenes mismos de la civilización. En México, la costumbre se remonta a los tiempos prehispánicos. Muchos sitios de peregrinaje, durante la conquista, se convertirían en los nuevos lugares santos, en los que se alzaron santuarios. Uno de ellos, es el del Señor de Chalma, en el poblado del mismo nombre, que recibe, entre otras fechas, cada miércoles de ceniza a cientos de peregrinos.
La dichosa aparición
El relato tradicional que nos cuenta el origen de la imagen del Cristo, conocido como Señor de Chalma, habla acerca de una aparición milagrosa, hacia el siglo XVI, cuando en una cueva, de las entonces barrancas de Chalma, se produce tal acontecimiento. Durante la época prehispánica, se adoraba en aquel sitio a Oztoteotl, señor de las cuevas, identificado por algunos como una advocación de Tezcatlipoca. Particularmente, en este lugar, según las crónicas, se le ofrendaban sacrificios de infantes. A la llegada de los agustinos a esta región, estos buscan erradicar el culto a Oztoteotl. Al no tener mucho éxito, deciden colocar una cruz en la cueva donde se le adoraba. Mas grande fue su sorpresa al dirigirse y hallarla en el suelo destrozada, mientras que en su lugar, una escultura de Jesús crucificado, conocida como el Señor de Chalma
La necesidad de acoger de manera mas cómoda a los peregrinos que pronto comenzaron a arribar al sitio hizo que se erigiera un primer templo en su honor, y mas tarde un convento. De este modo, el recinto fue dedicado el 5 de marzo de 1683, primer viernes de Cuaresma, de la que se desprende una de las romerías más importantes de Chalma: la del miércoles de Ceniza

Romería de los mazahuas y otomíes
Hacía 1922, una cámara captó las imágenes de la peregrinación que, centenariamente, se da cita cada miércoles de ceniza en el santuario de Chalma. Esta filmación, nos presenta la romería que en el atrio se realizaba. Es de destacar que se da cuenta que eran los mazahuas y otomíes quienes predominan en esta peregrinación, pues inclusive una escena realiza una tomas del que denomina «campamento de los mazahuas y otomíes» que no eran sino las improvisadas tiendas de los peregrinos que se extienden por las llanuras de Chalma, entonces un paraje apenas habitado por unas cuantas personas.
Esta peregrinación ha cautivado tanto a propios extraños, que, en la misma época, el muralista Fernando Leal realiza su obra «La fiesta del Señor de Chalma» en el Antiguo Colegio de San Idelfonso en la Ciudad de México, apenas un año después de la ya mencionada cinta. Interesantes son también las imágenes, décadas después, que ofrece la filmoteca española del Nodo, la cual documenta tanto una peregrinación como la misma fiesta del miércoles de ceniza, esto ya hacia los años 60, en el que todavía se aprecia un poblado no tan habitado, aunque contrasta con el del filme mas antiguo, puesto que la afluencia de gente ha aumentado en estas otras escenas. De este filme dejamos en seguida algunos fotogramas.





Tradición que cumple cien años
De muchos lugares de la primitiva mazahuacan, esto es, el área mazahua, provienen peregrinaciones que se dan cita en torno al miércoles de ceniza en el Santuario de Chalma. Una de ellas, es la que anualmente realizan desde 1924 los pobladores de Santiago Acutzilapan, municipio de Atlacomulco, quienes emprenden su caminar acompañados de una pequeña representación del patrono de la localidad. Hoy en día, a ella se unen la mañana del miércoles de ceniza la peregrinación denominada «nueva generación», que realiza el mismo recorrido a pie, aunque en menor tiempo, así como la peregrinación ciclista.
Para imaginar como fueron aquellas primitivas peregrinaciones a inicios del siglo XX, nos sirve como referencia la descripción que dejó el fraile Jorge Ayala, religioso del santuario, que señala lo siguiente, tanto del camino a Chalma como de las peregrinaciones de esa época:
A lo lejos las montañas recortan enérgicamente su silueta contra el cielo, y en sus cumbres se asiente la neblina, coronándolas de blancos penachos como nevados picos. Los campos labrantíos están divididos en tal forma, que a lo lejos parecen tableros de ajedrez; y la avena y la cebada están recogidas en gavillas y dispuestas con tal simetría, que se antojan cuadrillas que se disponen a bailar “los lanceros”, o chicas que van a ejecutar una tabla de gimnasia.

Los pueblos que se encuentran a lo largo del camino presentan la fisonomía, que se va repitiendo: casas que se agrupan en torno de la iglesia, calles retorcidas que son verdaderos vericuetos, paredes blancas o adobes desnudos, techos rojos o grises, caminos ocres y polvorientos, bordeados de piedra, de palos o de magueyes. Y ya para llegar, se presentan profundas cañadas en cuyo fondo serpentea el río, que en su afán de abrirse paso, golpea aquí contra una roca; allá, contra el tronco de un árbol; da aquí un ligero salto y se despeña después a considerable altura, y va así coronándose de blancas espumas. Marcan y vigilan su paso majestuosos acantilados que toman las más grotescas formas en la imaginación; en sus paredes han colgado sus nidos las golondrinas y han fabricado sus panales las abejas.

Y después de llevar por largo tiempo los ojos prendidos en el paisaje, el devoto advierte que se está aproximando a Chalma, y el corazón la da vuelcos y una secreta ansiedad le consume.
El pensamiento de que en breves momentos estará ante la venerada imagen a la que tantos favores se atribuyen, lo hace estremecerse de emoción, y no deja de preguntarse interiormente: ¿Cómo será el Señor?…Y por ser Chalma tan famoso a lo largo de nuestro suelo, experimenta vivos deseos de conocerlo.

Se oye a lo lejos el estallido de los cohetes que el eco se encarga de repetir por todos los ámbitos. Perdido entre los cerros, como un eco más, se escucha el canto triste y doliente de los «Alabados»: Glorioso Señor de Chalma, Padre de mi corazón, yo adoro con toda mi alma tu dichosa aparición.
Las detonaciones son más fuertes y los cantos aumentan en intensidad. Llega a las puertas del atrio la larga y gruesa columna de la primera peregrinación. Ha comenzado la Feria. Los devotos llegan cansados, bañados de sudor, cubiertos de polvo, con algún jirón en las ropas o alguna herida en los pies; pero con una fe grande, inmensa, inconmovible.

Forman un verdadero bosque los estandartes, las banderas y los carteles. Traen una imagen, copia del Señor del Chalma, en el sitio de honor y le hacen corte las imágenes de sus respectivos pueblos. Y todo es penetrar al interior del Santuario y tener ante su vista la divina imagen de Jesús Crucificado para que estallen en sollozos y den curso libre a sus lágrimas. Le confían sus penas a viva voz, sin importarles la presencia de los demás, porque para ellos en ese momento no hay mas que su miseria y Dios que pueda remediarla.

Y cuando llega el día del retorno, organizan de nuevo la columna, toman sus imágenes, enarbolan sus estandartes, pulsan de nuevo sus campanillas, renuevan el fuego de sus pebeteros, y con lágrimas en los ojos se despiden del Señor. Se les ocurre que aquella pudiera ser la última visita que hagan al Señor, y que este pensamiento hace más dramática su despedida. «Adiós, Cristo milagroso, Adiós brillante lucero, Adiós, Santuario dichoso, Hasta el año venidero». La distancia va apagando los cantos y el sonido de las campanillas. Cuando se aleja la última peregrinación, Chalma vuelve a disfrutar de su soledad brevemente, pues no tardará la próxima Feria.
Hoy en día, peregrinaciones como la de Santiago Acutzilapan se han adaptado a las circunstancias propias de la modernidad. No obstante, son ejemplos de supervivencia en tradiciones y costumbres, como el danzar al son de la música autóctona, la entonación de cantos antiguos, y el emprender anualmente este viaje, intentando conservan en la mayor medida de lo posible aquellas que sus antepasados les legaron, y que ellos a su vez, han de heredar a futuras generaciones.


















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